Archivo de la categoría: Ufología

El legado de don Enrique López Guerrero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A todos aquellos que tanto me habéis preguntado acerca de mis investigaciones junto a don Enrique López Guerrero, os invito a asistir a la conferencia que impartiré mañana en el Centro Cultural Don Cecilio de Triana (Sevilla), en C/ Castilla, frente a la Iglesia de la O. Será a las 21.30 h. y la presentación correrá a cargo de Emilio Carrillo.

Será un acto interesantísimo, pues proyectaré vídeos y fotos inéditos del sacerdote, cuyas afirmaciones sobre los extraterrestres causaron tal impacto que dieron la vuelta al mundo y le valió el sobrenombre de “el cura de los ovnis”.

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Esta foto fue tomada en casa de don Enrique. De izquierda a derecha: Blanca (la mujer de J.J. Benítez), el sacerdote, Rosa (amiga de Blanca y J.J. Benítez), yo y el gran escritor. Fue el último encuentro entre dos buenos amigos: don Enrique y J.J. Benítez, celebrado el 21 de febrero de 2009. Parece mentira cómo vuela el tiempo.

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De nuevo en casa del sacerdote. Estamos Ignacio Darnaude, don Enrique, Javier Sierra y yo.

IMG_0959En la foto, don Enrique y yo trabajando en sus archivos.

Después de tres años trabajando a su lado, llega el momento de ir transmitiendo poco a poco todas sus investigaciones y estudios acerca del ser humano, la ufología, parapsicología, Dios, la física más avanzada, etc.

Un verdadero maestro, un sabio único.
http://andalucia.diariocritico.com/cultura/semana-misterio-sevilla/420037

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Los extraterrestres que entregaron a Moisés los Diez Mandamientos

Hoy, que la conferencia anual de la Asociación Británica de Investigación de Ovnis, celebra sus cincuenta años de búsqueda de vida extraterrestre, he decidido comenzar a contaros una historia que para mí empezó hace veinticuatro años. Ahí va:

La primera vez que su magnética figura apareció ante mis ojos, todo mi ser se tornó hierático y silente, como una cariátide de piedra. Él vestía un elegante traje sastre color negro y sobre su cabeza reposaba un sombrero ligeramente ladeado hacia la diestra. Más bien parecía un actor de película en blanco y negro de la era dorada de Hollywood que un profesor de instituto. Pasó ante mí, atravesando los escasos metros que separaban la puerta y su pupitre, dejando en el aire un halo de profundo misterio. En una de sus manos, sostenía con fuerza un maletín de cuero oscuro en el que portaba, como el más preciado de los tesoros, sus libros y apuntes. Yo cursaba el primer curso de bachiller y tenía catorce años.

Mi nuevo profesor nos explicó que impartiría las lecciones apoyado sobre su mesa y no de pie debido a una grave enfermedad que acababa de superar y que estuvo a punto de costarle la vida. Acto seguido, extrajo un libro rectangular con lomos escarlatas y letras doradas que me resultó muy familiar pero que no había leído nunca. Aquel maestro conseguía atraer toda nuestra atención. Sus palabras actuaban como un bálsamo para los cuarenta adolescentes cuyas hormonas desbocadas exasperaban los nervios de los instructores más templados, incapaces de lograr que guardásemos silencio en sus clases. Desde que cruzó el umbral de la puerta sentimos un enorme respeto hacia él. No sé si motivado por la autoridad inherente a su persona, natural y sin imposturas, o por los conocimientos tan fabulosos que transmitía. Tal vez fuera esa estética que en algunos momentos nos reportaba la imagen del sacerdote de El exorcista y que nos mantenía en un estado de fascinación durante la hora de su asignatura. Seguramente se debía a una combinación de los factores que acabo de apuntar y de los que aún no os he contado.

Y es que este atrayente profesor era todo un fenómeno mediático. Aparecía en las portadas de los periódicos más emblemáticos del país, acudía a los programas de televisión conducidos por los periodistas más reputados y sus colaboraciones en radio tenían como distinguida oyente a la mismísima Reina Sofía. Pero nosotros desconocíamos sus asombrosas ocupaciones extraescolares, ya que andábamos más preocupados de quedar por la tarde en la plaza con ese chico o esa chica tan inalcanzable que provocaba que tras las horas de estudio los libros acabaran con su nombre garabateado en todas las esquinas.

La primera lección que nos impartió llevaba por título “Historia del pueblo de Israel”. Fue pasando mesa por mesa repartiendo un cuadernillo que él mismo había elaborado acerca del tema y a continuación comenzó a desglosar su contenido. Todos permanecimos expectantes. Comenzó hablando de una tribu originaria de la antigua sumeria, concretamente de la ciudad de Ur, donde nació el primer patriarca, Abraham. Sus descendientes habían vivido en la actual Palestina antes de cruzar hasta el antiguo Egipto, a donde llegaron con sus esposas, sus hijos y su ganado y allí fueron convertidos en esclavos. Pero un día, el hijo adoptivo de la hija del poderoso faraón (se cree que fue Tutmosis III), ya expulsado del imperio por asesinar a un capataz, juró ante los miembros de su tribu que Dios le había hablado desde una zarza ardiente. Se llamaba Moisés (מֹשֶׁה en hebreo) y por mandato divino iba a liberar a su pueblo, conduciéndolo a través del desierto hasta la Tierra Prometida. Tan convincente resultó ser el antiguo miembro real, que todos le siguieron, teniendo como guía una nube enorme que se posó sobre el monte Sinaí para que Moisés recibiera las legendarias Tablas de la Ley.

Hasta ahí todo perfecto; acabábamos de recibir una explicación de lo más tradicional. Pero si algo caracterizaba a aquel profesor era la ausencia de convencionalismos.

—    Pues bien, mis queridos niños… He de aclararos algo…

Aquella narración, que ya nos resultó apasionante debido al envolvente don de palabra de nuestro maestro, iba a tornarse un relato inimaginable.

—    Los exegetas están muy equivocados cuando se refieren a la nube que condujo a los hebreos por el desierto y a determinadas revelaciones divinas, pues en algunos casos no lo son.

—    Entonces, si no era una nube, ¿de qué se trataba? —alguien hizo la pregunta que a todos nos acuciaba en la mente.

Nuestro profesor adoptó una expresión enigmática. Sus intensos ojos azules sobrevolaron nuestras cabezas y, satisfecho por haber llevado nuestra curiosidad al límite, afirmó con la solidez de una roca:

—    Aquella nube era un ovni, que es la abreviatura de un objeto volante no identificado.

Solo teníamos catorce años. Carecíamos de los prejuicios inherentes a la edad adulta y estamos abiertos a los misterios infinitos de la historia de la humanidad. Y fue entonces cuando este carismático profesor comenzó a ofrecernos una versión completamente distinta, una cultura que ninguno de los libros de historia o religión que abriésemos a lo largo de nuestras vidas nos revelarían jamás.

Por aquellos años, la ufología constituía un tema habitual en los medios de comunicación y el cine, sin olvidar la prolífica bibliografía juvenil que tanto me entusiasmaba. De modo que todos sabíamos de sobra lo que significaba ese término.

—    Un ovni —repitió mi profesor.

Todos nos miramos fascinados. Un murmullo silencioso recorrió el aula. Él retomó su relato.

—    Moisés se reunía en la Tienda del Encuentro con los Ángeles(1) de Yahveh (יהוה en hebreo), donde no cesaba de preguntarles por Dios. Pero estos no solo le hablaban del Padre sino de cuestiones sociales, sexuales, alimentación… La palabra ángel significa mensajero y estos seres le entregaron un mensaje que cambiaría la historia de la humanidad: los Diez Mandamientos. Y si la supuesta nube era un ovni, estos ángeles eran extraterrestres… Sí, mis niños, adivino por la expresión de vuestros ojos la sorpresa que os invade. Pues os diré más, estos seres que hablaban con Moisés eran muy espiritualizados porque hay que tener en cuenta que existen muchos tipos de extraterrestres.

¿Podéis imaginar a cuarenta alumnos de catorce años, a los que ningún otro profesor lograba entusiasmar, completamente hipnotizados por sus palabras? Ahora pienso que sus lecciones magistrales y únicas eran tan distintas a las que recibían los millones de estudiantes en todo el mundo que indudablemente cambió nuestra visión de las cosas para siempre. La misma persona que era solicitada para dar conferencias por todas partes, nos deleitaba a nosotros con los conocimientos que le demandaban intelectuales y jóvenes de todo el mundo (ya os mostraré las cartas que recibía). Él, a quien los internacionalmente afamados periodistas y escritores J. J. Benítez y Javier Sierra reclamaban continuamente, con visitas a su casa, llamadas telefónicas y cartas, compartía sus investigaciones con unos adolescentes inexpertos, porque estaba convencido de que solo con una buena educación desde niños podríamos ser personas auténticas en el futuro.

Pero este profesor inclasificable no sólo nos hablaba de ufología. Para nuestro regocijo juvenil también nos hipnotizaba con el fin de mostrarnos el grandioso poder oculto del ser humano. Y nos curaba imponiéndonos las manos cuando ocurría algún accidente en el patio de recreo. Y nos hablaba de la existencia del Ángel Caído.

Diecinueve años después de aquellas clases extraordinarias, mi maestro y yo nos reencontramos y pasé los últimos años de su vida estudiando a su lado y sin perder de vista la ciencia, me enseñó todos los enigmas que esconde el universo así como los errores que se comenten a la hora de interpretar los fenómenos a los que dedicó su vida. Uno de los incontables frutos de esas investigaciones es el libro que estoy acabando, donde se muestra la estrecha conexión entre ufología, parapsicología y religión.

Mi maestro se llamaba Enrique López Guerrero. Era uno de los mayores expertos en ufología del mundo. Falleció hace dos años y solo me percaté de que yo había publicado mi blog el mismo día del segundo aniversario de su muerte cuando acudía a su parroquia para conmemorar su efeméride. Siempre me repetía que las casualidades no existen. Pero lo que sí existe es la sincronicidad. Este es el principio de una maravillosa aventura, la que viví al lado del mundialmente conocido como “el cura de los ovnis”.

 Cristina Martín Jiménez

(1) El término ángel procede del latín angĕlus, que a su vez deriva del griego ἄγγελος, “mensajero”. La palabra hebrea más parecida es םַלְאָךְ mal’ach, que tiene el mismo significado. La palabra ángel también se usa en la Biblia para las siguientes tres palabras hebreas:

  • אביר abbir (literalmente “poderoso”), en el Libro de los Salmos (78:25).
  • אלהים Elohim (“dioses” o plural mayestático de Dios, según los autores), en Salmos (8:5).
  • שנאן shin’an, en Salmos (68:17).